¡No se puede jugar con Dios!
Fernando Alexis Jiménez
Aureliano no tiene más de ochenta años pero el paso de los años parece que se detuvo en un momento indeterminado. Para ser sincero, la primera vez que le vi supuse que tenía sesenta años. Quizá la edad la disimula con una enorme sonrisa y el brillo en sus ojos, que en su conjunto, expresan la alegría de un niño cuando recibe un juguete nuevo.
–Se equivoca, pastor, yo tengo casi una centuria. Aunque le agradezco el cumplido—, dijo. A continuación me relató una de las historias más dramáticas que haya oído de un padre–: el mayor sufrimiento lo representa mi hijo mayor. Jamás se casó. Es un alcohólico empedernido y, a este vicio suma otro que le ha resultado imposible de vencer: las drogas. Se ajuicia un tiempo, le abro las puertas de la casa con confianza, me roba para comprar su vicio hasta que, meses después vuelve arrepentido–.
Es un ciclo que se repite, como esas películas de dibujos animados en las que las figuras vuelven a su estado original para repetir incansablemente la misma acción. O cuando en un partido de fútbol se produce un gol y el editor de televisión regresa la escena, en cámara lenta, para que la audiencia no se pierda detalle.
–Ya las lágrimas se me acabaron. He pedido a Dios infinidad de veces que lo rescate de esa situación, pero pareciera que los cielos se volvieron de bronce. En cierta ocasión presa de la ansiedad me pidió dinero, y como no pude dárselo, me agredió. Aún así lo recibo en casa. Siento lástima por él y no resisto verlo dormir en la calle–, explicó.
Aureliano sigue yendo a la congregación. No ha perdido su alegría. Es como si el rostro se hubiese congelado en el mismo gesto: con los labios dibujando una eterna sonrisa. Su mayor fortaleza proviene del Señor Jesucristo. Cuando siente desmayar, vuelve su mirada al Hijo de Dios. Y Él jamás le ha fallado.
El amor de un padre
La historia de Aureliano ejemplifica el amor incondicional de un padre por su hijo. Es el mismo amor que Dios ha tenido por nosotros y que por años ha guardado por su pueblo escogido, Israel.
Aunque Aquél que todo lo puede los sacó del cautiverio egipcio y los llevó a una tierra altamente productiva, que otras naciones envidiarían, aún así los judíos volvieron la espalda a su Creador y se dejaron seducir por las costumbres y creencias de los paganos. Ellos llegaron a vivir sin Dios y sin ley. Cada quien hacía lo que bien le parecía.
¿Le suena familiar la historia? Sin duda que sí. Se repite en todos aquellos que quieren vivir la vida a su manera, y el sólo escuchar de Jesucristo y su evangelio transformador, les asusta. Aún cuando frente a sus ojos se abre una vida prometedora, temen comprometerse.
En cierta ocasión fui junto con otras personas a compartir las Buenas Nuevas de Cristo en El Calvario, una zona marginal en pleno centro de Santiago de Cali que concentra los mayores expendios de droga. Allí encontré muchas historias. Hombres, mujeres, jóvenes y adolescentes inmersos en la farmacodependencia. “Quiero salir de esta situación, pero hay una fuerza mayor que me atrae y me arrastra hasta volver a caer en el mismo fango”, me dijo una mujer que no pasaba de los veinte años pero que, sin embargo, revelaba por lo menos veinte más. La droga estaba causando un deterioro irreversible en su organismo que se reflejaba en un rostro ajado.
Ella había salido dos o tres veces de esa situación, gracias al poder de Dios, pero había vuelto a recaer.
No se puede jugar con Dios
El apóstol Pablo escribió en el primer siglo de nuestra era, en su carta a los cristianos de Galacia: “No os engañéis; Dios no puede ser burlado: pues todo lo que el hombre sembrare, eso también cegará”(Gálatas 6:7).
Cuando Israel gozaba de una relativa solidez económica, militar y social, hacia el año 590 a.C., redobló su condición de pecado. En las Escrituras leemos que “…todos los principales sacerdotes, y el pueblo, aumentaron la iniquidad, siguiendo todas las abominaciones de las naciones, y contaminando la casa de Jehová, la cual él había santificado en Jerusalén”(2 Crónicas 36:14).
El panorama era desolador. Se habían apartado del Señor y Dios de los cielos para rendirse a la mundanalidad. Sin embargo el amor ilimitado del Padre celestial no los abandonaba a su suerte. “Y Jehová el Dios de sus padres envió constantemente palabra a ellos por medio de sus mensajeros, porque él tenía misericordia de su pueblo y de su habitación”(2 Crónicas 36:15).
A quienes me han dicho que siguen a Dios más por temor que por cualquier otro sentimiento, no me canso de decirles que están equivocados. Dios ama de una manera que jamás alcanzaremos a comprender. Su amor no tiene fronteras. Esa fue la razón por la que enviaba profetas y ministros a su pueblo para que les advirtiese sobre el peligro.
Igual ocurre hoy día. Centenares de personas reciben exhortación por su mal comportamiento y la necesidad de volverse a Jesucristo el redentor. No obstante, se burlan. “Ya llegará el momento en que me convertiré a Cristo”, me dijo alguien a quien le hablé sobre los peligros que encerraba su vida disipada. Hoy día tiene sida. Lo visité la semana pasada en la clínica. Estaba bastante mal. Cuando nos miramos, no fue necesario decir nada. Él comprendía que con tiempo no solo yo sino otros cristianos le habían hablado sobre las consecuencias que traería una actitud suicida como la suya.
Con Dios no podemos jugar. Él ha tenido paciencia, pero su misericordia no podrá ser burlada por siempre.
Las consecuencias del error cometido
La historia de Israel, seiscientos años antes de nuestra era, no terminó bien. A las invitaciones del Señor para que dejaran el pecado, restaban interés. “Más ellos hacían escarnio de los mensajeros de Dios, y menospreciaban sus palabras, burlándose de sus profetas, hasta que subió la ira de Jehová contra su pueblo, y no hubo ya remedio”(2 Crónicas 36:16).
¿Qué ocurrió? Que tal como lo relata la Biblia, fueron llevados en cautiverio hasta Babilonia. “Por lo cual trajo contra ellos a rey de los caldeos, que mató a espada a sus jóvenes en la casa de su santuario, sin perdonar joven ni doncella, anciano ni decrépito; todos los entregó en sus manos”(2 Crónicas 36:17).
Fueron setenta años de cautiverio hasta que en medio de la crisis, y tras haber aprendido la lección, volvieron la mirada a Dios. Él los perdonó y concedió una nueva oportunidad. Babilonia fue conquistada por Persia y el rey Ciro dispuso la repatriación de los israelitas(2 Crónicas 36:22, 23).
Y usted, ¿sigue jugando con fuego?
A pocas cuadras de mi oficina, en la tradicional Plaza de Caycedo, suelen presentar su espectáculo toda suerte de saltimbanquis, generalmente al mediodía cuando el flujo de público es mayor. Amparados por la frescura de las palmeras y las aceras adoquinadas que hacen recordar tiempos pasados, muestran sus aptitudes. Uno de ellos, soplando combustible sobre una llama de fuego. Sobra decir que parece un dragón.
Todo marchó bien hasta cierta tarde en la que una leve brisa hizo que, justo en el momento en que soplaba el combustible, el líquido inflamable fuera devuelto hacia su cara y cuerpo. ¡Se chamuscó! No fue nada grave, pero pasó un susto terrible. ¡Quien juega con fuego corre el peligro de arder en las llamas!.
Tal vez usted es como esa persona o quizá, como el pueblo de Israel. Ha despreciado la infinidad de llamados que le ha hecho el Señor. Hoy es el día para reflexionar con respecto a su vida. ¿Piensa seguir igual que hasta ahora?¿Acaso espera llegar al borde del abismo para arrepentirse?
Hoy es el día de recibir a Jesucristo en su corazón como el único y suficiente Salvador de su existencia. Es bastante fácil. Puede hacerlo allí, con una sencilla oración. Dígale: “Señor Jesús reconozco que moriste en la cruz por mis pecados. Me limpiaste de toda la carga de culpa y me abres las puertas a una nueva existencia. Te recibo en mi corazón. Haz de mí la persona que tú quieres que yo sea. Amén”
Si hizo esta oración, lo felicito. Es el mejor paso que ha podido dar. ¡Su vida será diferente! Ahora resta que tome una segunda determinación igualmente importante: seguir al Hijo de Dios, tomado de su mano.
Una forma práctica de hacerlo es acogiendo tres sugerencias que comparto con usted. La primera, que mantenga una estrecha relación con el Maestro mediante la oración; la segunda, que lea cada díala Bibliaen donde aprenderá principios de vida cristiana práctica que le ayudarán a crecer, y la tercera, que comience a congregarse en unaiglesiacristiana.
© Fernando Alexis Jiménez – (0057)317-4913705
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