Quien pide, recibe milagros de Dios
Fernando Alexis Jiménez
La notificación sobre el embargo le llegó un viernes en la tarde, cuando la ciudad era intransitable y los vehículos pasaban raudos y ruidosos por las avenidas, en el anticipo de una feria loca. Por todo lado se veían festones de vivos colores. Verónica razonó que era irónico: mientras todos reían, ella enfrentaba un drama. ¿Qué hacer? No tenía el dinero para pagar, ni siquiera empleo…
A Leonardo le informaron de su enfermedad, un cáncer progresivo, cuando creía que estaba en la cima de su carrera y había dicho a su esposa e hijos que estaban a las puertas de mejorar su condición. “Me promoverán en el empleo. La vida para nosotros va a cambiar”. Y así fue. El dolor golpeó a sus puertas. “La enfermedad está muy avanzada; siento decírselo, pero es incurable”, le explicó el médico…
Rosa Amalia descubrió la infidelidad de su esposo el día que en que confundió el registro de movimientos bancarios de su esposo con el de ella, lo abrió y bien tarde descubrió que estaba equivocada. En el tercer renglón figuraba un gasto en un motel, pagado con tarjeta de crédito…
¿Qué hacer? Tres casos de la vida real. Los tres pudieron tener un curso diferente: dirigir a la angustia a sus protagonistas, o por el contrario, terminar felizmente, como en efecto ocurrió.
¿Qué marcó la diferencia? La oración. El clamor incesante y bañado por la fe en un Dios de milagros como el nuestro, en el que hemos creído. Verónica recibió un préstamo de una prima, que le ofreció a motu propio el dinero y le ofreció que le pagara “cuando puedas”. El cáncer de Leonardo desapareció, en criterio de los médicos, de manera inexplicable aunque él si sabía la cusa: fue Dios quien produjo el milagro. Y finalmente, después de orar una y otra vez, fundamentada en su fe, se restauró el matrimonio de Rosa Amalia.
Los milagros pueden ocurrir. Están a disposición de su vida. Hoy aprenderá cinco principios que resultarán eficaces en su existencia, llevándolo a un nuevo nivel: la dimensión de los milagros.
1. Las batallas las libramos en oración
Con demasiada frecuencia enfrentamos los problemas en nuestras fuerzas. Salir al paso de la crisis confiando en la capacidad individual nos lleva a la frustración, el desánimo y la indescriptible sensación de encontrarnos en un callejón sin salida. ¿Le ha ocurrido alguna vez? Probablemente muchas veces, entonces comprenderá de qué le estoy hablando.
El meollo del asunto radica en que dejamos de lado a dios porque desconocemos u olvidamos que las batallas debemos librarlas en oración. Ahí está el secreto del éxito frente a las dificultades que emergen a cada paso en la existencia.
Nehemías era un alto funcionario gubernamental del rey Artajerjes. Los especialistas coinciden en señalr que sería el mes de diciembre del 446 a.C., cuando en palabras del propio Nehemías “…estando yo en la ciudadela de Susa, llegó Jananí, uno de mis hermanos, junto con algunos hombres de Judá. Entonces les pregunté por el resto de los judíos que se habían librado del destierro, y por Jerusalén. Ellos me respondieron: «Los que se libraron del destierro y se quedaron en la provincia están enfrentando una gran calamidad y humillación. La muralla de Jerusalén sigue derribada, con sus *puertas consumidas por el fuego.» Al escuchar esto, me senté a llorar; hice duelo por algunos días, ayuné y oré al Dios del cielo.”(Nehemías 1.1-4)
El panorama de Jerusalén era desolador: cautividad y ruinas. ¿Qué hizo este creyente judío?¿Acaso se dejó arrastrar por la desesperación y el deseo de morir? En absoluto. Nehemías volvió la mirada a Dios en ayuno y oración. Él había creído en un Dios de milagros para el cual no hay nada imposible.
2. Pida creyendo que recibirá ese milagro que necesita
El mayor impedimento para que ocurran los milagros lo constituye la duda. Se convierte en una enorme barrera que pone tropiezo a las bendiciones que Dios tiene para nuestras vidas.
El Señor Jesús enseñó a sus discípulos y también a nosotros que simplemente debemos pedir y creer. No hay límites. Él dijo: “Así que yo les digo: Pidan, y se les dará; busquen, y encontrarán; llamen, y se les abrirá la puerta. Porque todo el que pide, recibe; el que busca, encuentra; y al que llama, se le abre.”(Lucas 11:9, 10. Nueva Versión Internacional)
¿Cuántas veces pidió un milagro y al dejar de orar permitió que la duda anidara en su corazón? Posiblemente en muchas ocasiones. Cada vez que dudó literalmente minimizó a Dios y lo hizo tan pequeño como su grado de fe. No se extrañe, entonces, que no haya ocurrido nada.
¡Es hora de romper el ciclo! Desde hoy clamar y creer serán sus dos cimientos para entrar en la dimensión del poder divino.
3. No deje de orar
Es necesario orar siempre. Así lo enseñó el apóstol Pablo en su primera carta a los creyentes de Tesalónica: “… oren sin cesar, den gracias a Dios en toda situación, porque esta es su voluntad para ustedes en Cristo Jesús.”(1 Tesalonicenses 5:17, 18. Nueva Versión Internacional)
A través de la oración desarrollamos intimidad con Dios. Es un proceso en el que vamos creciendo. No se produce en un abrir y cerrar de ojos, es algo progresivo. Hay que orar pero no una vez únicamente o dos, sino siempre.
4. Aplique el principio de perseverar en oración
Generalmente y cuando pienso en quienes oran, asocio la imagen con la de un atleta. Sólo llegan a la meta los que persisten. Aquél que se desanima ante los primeros obstáculos jamás se llevará el título de ganador. Alcanzan milagros quienes asumen el principio de la perseverancia.
El Señor Jesús enseñó sobre la importancia de persistir al orar: “Jesús les contó a sus discípulos una parábola para mostrarles que debían orar siempre, sin desanimarse.”(Lucas 18:1, Nueva Versión Internacional)
El apóstol Pablo, por su parte, escribió a los creyentes de Roma que “Alégrense en la esperanza, muestren paciencia en el sufrimiento, perseveren en la oración.”(Romanos 12:12. Nueva Versión Internacional)
Si hasta el momento ha sido de aquellos cristianos que se desaniman cuando los milagros no ocurren de manera inmediata, debe aprender de las Escrituras y cambiar el esquema aplicado hasta el momento en su forma de pensar. Desde hoy asumirá un fundamento: la perseverancia. ¡Puedo asegurarle que su vida jamás será la misma! Entrará en la dimensión de los milagros. Es algo apasionante que nos revela a un Dios para el cual no hay nada imposible.
5. Dios quiere responder a sus oraciones
Dios nos ama mucho más de lo que cualquiera pueda imaginar. Desea lo mejor para usted y para mi. Sin duda su corazón se duele cuando nos ve sufrir; déjeme decirle: sufrimos porque queremos. Si tan solo nos atrevemos a pedir y a creer los milagros ocurrirán.
Recuerde que nuestro amado Padre celestial oye las oraciones y responde al clamor de Su pueblo, que somos nosotros: “Míos son el consejo y el buen juicio; míos son el entendimiento y el poder. Por mí reinan los reyes y promulgan leyes justas los gobernantes. Por mí gobiernan los príncipes y todos los nobles que rigen la tierra. A los que me aman, les correspondo; a los que me buscan, me doy a conocer. Conmigo están las riquezas y la honra, la prosperidad y los bienes duraderos. Mi fruto es mejor que el oro fino; mi cosecha sobrepasa a la plata refinada..”(Proverbios 8:14-19. Nueva Versión Internacional)
No tema pedirle ese milagro a Dios. Recuérdelo: Él le ama y quiere responder con poder a sus oraciones.
¡Hoy es el día para que reciba su milagro!
No tiene sentido que siga luchando en sus propias fuerzas. Temprano o tarde chocará con una pared infranqueable. Allí si que se enfrentará a la angustia y la desesperanza, porque está luchando en sus fuerzas y no en las de Dios. Sin embargo el panorama puede ser diferente y cambiar el curso de su historia. Basta que vuelva la mirada a dios y clame por ese milagro. Simplemente ocurrirá. El Dios en el que hemos creído es un Dios de milagros.
Recuérdelo siempre: hay tres pasos claves… Orar, perseverar y recibir de parte de Dios.
Si necesita que le ayudemos a interceder, no dude en escribirnos a pastorfernandoalexis@hotmail.com o llamarme al (0057)317-4913705
¡Los milagros ocurrirán!
© Fernando Alexis Jiménez
Título: Venciendo pruebas y tentaciones en el poder de Dios
Base Bíblica: Marcos 1:9-13
Introducción:
Dios nos ama. Siempre nos ha amado. Por su infinito amor hacia nosotros, aunque estábamos muertos en delitos y pecados (Cf. Efesios 2:1-3), envió a Su Hijo Jesús a morir por nosotros para reconciliarnos por medio de Él y darnos vida eterna (Romanos 6:22, 23) Esa fue la razón para que dios se hiciera hombre y en el Hijo, muriera en la cruz para limpiarnos de nuestros pecados, abriéndonos las puertas a una nueva existencia (Cf. 2 Corintios 5:17)
I. Con el bautismo, el Señor Jesús testimonió su consagración a Dios (vv.9-11)
1. El Señor Jesús se sometió al bautismo, testimoniando su consagración al Padre y la misión que le había sido encomendada (versículo 9)
1.1. El bautismo que recibió el Señor Jesús era distinto del que se aprecia en la iglesia cristiana del primer siglo (Hechos 2:37, 38; 3:19; 19:5-7)
1.2. El bautismo de Juan era para arrepentimiento, pero el Señor Jesús no tenía qué arrepentirse (Cf. 2 Corintios 5.21, Hebreos 4.15). Lo hizo esencialmente como testimonio.
2. El Padre celestial bautizó con el Espíritu Santo al Señor Jesús para que iniciara su ministerio (versículo 10)
2.1. El Espíritu Santo descendió sobre el Señor Jesús (Juan 1:32)
2.2. Cuando el Espíritu Santo llena nuestras vidas, nos capacita y habilita para el ministerio (Lucas 4:1, 14; Hechos 1:8)
3. El Padre celestial testimonió que no sólo amaba al Hijo sino que se complacía en Él (versículo 11)
3.1. En el Señor Jesús Dios estaba reconciliando al mundo (Cf. 2 Corintios 5.18-20; Efesios 2.16)
3.2. Dios desde siempre nos ha amado (Juan 3.16); Sin embargo debemos llegar a un nuevo nivel, en el que nuestra vida y consagración a Él le despierten complacencia.
a. Complacemos a Dios cuando andamos en Su voluntad (Cf. Marcos 3.35, Romanos 12:29
b. Complacemos a Dios cuando andamos en reverente temor de Él (Hechos 12:28, 29)
II. Cuando andamos con Dios, las pruebas tiene un propósito (v. 12)
1. El Espíritu Santo fue el que llevó al Señor Jesús al desierto (versículo 12)
1.1. El problema en sí no es la tentación sino cómo actuamos frente a la tentación.
a. Podemos resistir la tentación y obtener la victoria en Cristo.
b. Podemos ceder a la tentación y experimentar un revés personal y espiritual.
1.2. En medio de las tentaciones, salimos victoriosos si estamos prendidos de la mano de Dios.
2. Cuando enfrentemos pruebas, no nos preguntemos ¿Por qué? Sino ¿Para qué? Debemos recordar que en el plan de Dios, las pruebas tienen un propósito.
III. En medio de las pruebas y tentaciones, Dios nos fortalece para vencer (v. 13)
1. Aunque el período de tentación en el desierto fue prolongado, el Señor Jesús se fortaleció en Dios (versículo 13 a)
1.1. El Señor Jesús conoce nuestra situación cuando somos tentados, y quiere ayudarnos si se lo pedimos (Hebreos 2:18)
1.2. En Dios encontramos fortaleza para vencer.
2. Satanás nos tienta, pero cada uno decide si cede a la tentación (versículo 13 b)
3. En medio de la tentación, y superada la tentación, Dios está con nosotros para fortalecernos y guiarnos a la victoria (versículo 13 c)
Conclusión:
Las pruebas y tentaciones son inevitables. Siempre vendrán a nuestra vida. Para vencer y salir victoriosos y fortalecidos, es necesario que desarrollemos una íntima relación con Dios. Él está siempre a nuestro lado y quiere venir en nuestra ayuda cuando lo necesitamos. Su poder ilimitado es el que nos lleva a la victoria siempre.
© Fernando Alexis Jiménez
¿Por qué oración? Y, ¿Por qué de guerra?
Fernando Alexis Jiménez
Con frecuencia nos escriben desde distintos países para preguntarnos: ¿Cuándo publican algo en torno al tema de la oración de guerra? Comprendemos que se trata de un asunto sumamente prioritario para pastores, obreros, líderes y cristianos comprometidos en el tema de Intercesión y Guerra Espiritual porque orar es mantener íntima comunicación con nuestro amado Dios y Padre.
Al hablar de oración de guerra nos referimos a una relación de emisor a receptor en la cual el emisor somos usted y yo, y el receptor en nuestro Supremo Hacedor. Igual, hay momentos en los cuales la relación se invierte y son aquellos en los que Dios nos habla al corazón.
Cuando oramos, tocamos las fibras más sensibles del corazón del amado Señor. Hace siglos Él dio una solución a Su pueblo en momentos en los que, fruto del pecado y el distanciamiento del camino, enfrentaran sequía, enfermedad y pérdidas de sus cosechas.
Él dijo: “Si se humillare mi pueblo, sobre el cual mi nombre es invocado, y oraren, y buscaren mi rostro, y se convirtieren de sus malos caminos; entonces yo oiré desde los cielos, y perdonaré sus pecados, y sanaré su tierra” (2 Crónicas 7:13, 14).
Es sorprendente esta declaración bíblica porque nos presenta la forma como la dimensión material, en la cual nos movemos, puede verse afectada positiva o negativamente a través de la oración. ¿Comprende la grandeza de lo que plantea este pasaje Escritural?
Ahora, si la oración se da en la dimensión de la Guerra Espiritual, nos estamos refiriendo a que enfrentamos el mundo de las tinieblas con clamor e intercesión, derribando fortalezas, tal como explica el apóstol Pablo: “Es cierto que somos humanos, pero no luchamos como los hombres de este mundo. Las armas que usamos no son las del mundo, sino que son poder de Dios capaz de destruir fortalezas. Y así destruimos las acusaciones y toda altanería que pretenda impedir que se conozca a Dios. Todo pensamiento humano lo sometemos a Cristo, para que le obedezca…,.”(2 Corintios 10:3-5, versión Dios habla hoy)
Al diablo y sus huestes no los enfrentamos a gritos, taconeos ni con gestos intimidatorios. Lo enfrentamos con la autoridad de Cristo, que se afianza y fortalece en nosotros cuando oramos. Igual, si es una potestad o fortaleza la que vamos a destruir, en oración disparamos misiles eficaces desde la dimensión física que afectan la dimensión espiritual.
Una fuerza poderosa
Durante el decurso de los capítulos que siguen, descubriremos o recordaremos—según sea el caso—que la oración se convierte en una fuerza poderosa que derriba muros cuando pasamos tiempo en el secreto de Dios.
¿Qué significa esto? Que la oración libera poder de Dios. El secreto estriba en pasar tiempo en la presencia de Aquél que todo lo puede, con una actitud sincera, sin frases rimbombantes sino las que salen de lo más profundo de nuestro ser, como alguien que habla con Su mejor amigo, Padre y Dios.
Aunque ya en las páginas del Antiguo Testamento vemos a los grandes héroes orando, fue el Señor Jesús—como lo apreciamos en el Nuevo Testamento—quien le enseñó a sus seguidores—primero los discípulos y a nosotros hoy—la importancia de orar.
Clamar al Señor, como escribió el autor sagrado de la antigüedad, debe ser una de nuestras prioridades diarias: “Dios, Dios mío eres tú; de madrugada te buscaré; mi alma tiene sed de ti, mi carne te anhela. En tierra seca y árida donde no hay aguas, para ver tu poder y tu gloria, así como te he mirado en el santuario” (Salmo 63: 1, 2).
Tenga presente siempre que la oración es uno de los principios dinámicos, poderosos y eficaces para alcanzar el crecimiento personal y espiritual que usted tanto anhela.
Esperamos que desde ahora nos siga acompañando en este apasionante recorrido por las Santas Escrituras para corroborar qué es, qué significa y cómo debemos practicar en nuestro diario vivir la oración.
Fernando Alexis Jiménez – Contacto (0057)317-4913705
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